martes, 12 de septiembre de 2017

De Will, Keats, Marlowe y mi Londres

(Cartas, John Keats; Editorial Icaria)


No nos ha dejado nada que decir sobre nada. Abruma al Amante genuino de la poesía con todo tipo de abuso. (...) Nunca había hallado semejante belleza en los sonetos -parecen colmados de hermosura escrita sin querer-, en la intensidad de las metáforas.

Tengo con frecuencia la misma sensación que John Keats. ¿Qué hay después de Shakespeare? ¿Qué dejó para los demás? ¿Existe la originalidad tras él? Quizá no sean preguntas adecuadas teniendo en cuenta que el propio Maestro se basó en muchas obras anteriores, pero la forma en que supo reordenarlas y sacar de ellas colores distintos es insólita en la historia de la literatura y relega a los demás, a los que hemos tenido la mala suerte de llegar después (mucho después), a un plano limitado, de mera imitación, de deslumbramiento. ¿Cuántas veces, con posterioridad, se han utilizado los equívocos de sus comedias, o los recursos estilísticos de su verso blanco, o los giros teatrales de sus obras? ¿Cuántos Hamlet, Rey Lear, Macbeth y Otello han aparecido en libros y películas (con los mismos u otros nombres)? 

Ha habido grandes poetas después de Shakespeare, y algún que otro gran dramaturgo también; el propio Keats es posterior. Pero, ¿cuántos han estado libres de Shakespeare? ¿Cuántos no se han endeudado con él?

Mucho se discute y discutirá tanto sobre la identidad del Bardo, como acerca de la autoría de las obras que se le atribuyen. Sin embargo, lo que no admite argumentos es el hecho de que nadie había escrito nunca como Shakespeare, con una agudeza e ironía capaces de analizar la naturaleza humana desde un punto de vista atemporal; con un dominio del medio y del lenguage que escapaba a autores con una formación académica y un entorno mucho más refinados.

Shakespeare me marcó desde la primera vez que leí El Sueño de una Noche de San Juan. No me encontró excesivamente joven (mis alumnos de cuarto de Primaria de hace dos años ya tuvieron que mamar a Shakespeare durante las sesiones de lectura de los miércoles), ya tenía catorce o quince, pero sí desprevenida. El nombre del Bardo lo conocemos todos casi desde que nacemos, pero hasta que lo lees no comprendes dónde llega lo importante de su legado. 

Oh, y sí, el teatro se lee (puede leerse).


Quizá suene un poco absurdo después del tono solemne de los párrafos anteriores, pero en realidad yo venía a hablar de mi libro esta entrada va sobre una serie. Una serie emitida este año y que se suma a la lista interminable de versiones audiovisuales de sus obras o sobre su persona. Y tal vez no nos encontremos ante la mejor, quizá no sea para todo el mundo, pero a mí me ha tenido en tensión, en vilo, en amor, en locura todo el verano.

Lo que conocemos sobre la vida de Shakespeare no es muy interesante (¿las vidas de cuántos escritores son muy interesantes?). Si Shakespeare es, en efecto, la persona que nació en Stratford-upon-Avon (yo creo firmemente que lo es, aunque puede que sea más bien un deseo), entonces podemos afirmar que se trataba del hijo de unos comerciantes y que se casó muy joven con Anne Hathaway, a la que posiblemente fue infiel en distintas ocasiones. Que su familia cayó en desgracia cuando era niño y que, si recibió educación formal, tuvo que ser en la escuela pública de Stratford. Que llegó a Londres conocedor de su propio talento y acabó trabajando como escritor y actor antes de adquirir la co-propiedad de la compañía Lord Chamberlain's Men, que sería la favorita de la realeza. Sobre su relación con Christopher Marlowe y con la muerte de éste, todo son especulaciones.

Llevar a la pantalla la vida de un personaje de quien existen tan pocas (¿ninguna?) certezas no es muy complicado, pero sí lo es convencer al espectador de que ese que está ahí delante es, en efecto, la persona que ha marcado la historia de la literatura y del teatro, el poeta que obsesionaba a Keats y el genio que todavía hoy, en pleno siglo XXI, sabe describirnos a la perfección. Y la serie de la que os hablo, Will (2017) de la TNT, hace muy bien dos cosas: la primera, transformar al Bardo en un joven como el que debía de ser cuando llegó a la capital para hacer fortuna y conseguir que este muchacho resulte a la vez creíble en su edad y tiempo, pero también en su edad y en la época que vivimos nosotros; la segunda, revolucionar la estética propia del reinado isabelino para colorearla y cardarla como si se tratara de los años 70 londinenses, profundamente marcados por la moda punk de Vivienne Westwood, con todas sus cadenas, imperdibles, rotos y crestas de colores. Así, al tiempo que presenciamos las representaciones de Eduardo III, El Sueño de una Noche de San Juan o Los Dos Hidalgos de Verona, escuchamos melodías que nos llevan a un Londres de The Clash, de Iggy Pop, de los Beastie Boys, de Nine Inch Nails y de los Sex Pistols
El retrato que la serie hace de Londres, combinando aspectos de esos dos momentos tan diferentes e incluso de la urbe de hoy, es uno de los más cercanos que he visto al esqueleto de esa ciudad inmortal, a las raíces que la sostienen y la hacen única, inolvidable, reina.

He navegado por todo el mundo -cantaba Sweeney Todd-, he contemplado sus maravillas: desde los Dardanelos hasta las montañas de Perú. ¡Pero no hay lugar como Londres!
Londres, a pie de calle y subterránea; Covent Garden y los recuerdos trágicos del East End; comedia y drama: el Londres de Shakespeare, el Londres de Bowie, el Londres del que yo me enamoré profundamente en 2010. 


Desviar la atención de William Shakespeare hacia otro lado también es algo que hace bien esta serie. Acompañamos a Will (Laurie Davidson) a todas partes y en todas sus facetas: desde el padre que deja atrás a su familia en Stratford, al amante que seduce a la hija de su jefe, pasando por el autor que no puede huir de la poesía, el católico que traiciona a veces sus principios y el amigo que decide levantar un teatro de las cenizas. Sin embargo, ni Will, ni Alice (su enamorada, Olivia DeJonge) llegan a ser dueños de la serie cuando el telón se cierra: sobre el escenario, no hay manera de batir al Maestro; pero, cuando acaba la función, el que manda es Marlowe

Christopher Marlowe (Jamie Campbell Bower en la serie), como su Fausto, era un hombre culto, formado en las letras y en las artes, apasionado del conocimiento y frecuente acompañante de  poetas, filósofos y matemáticos. No asistía, sin embargo, a sus clases con regularidad y los pocos datos irrefutables que nos han quedado sobre él hablan de la implicación en un homicidio, de una posible doble vida como espía y de acusaciones de ateísmo, sodomía y pedofilia. Marlowe murió en 1593 en una reyerta.
Y este Marlowe, el Marlowe de la serie, ve cómo su talento queda de forma inmediata a la sombra del de Shakespeare, cómo éste hace suyo el verso blanco y cómo Fausto es eclipsado por Ricardo III. Sin embargo, su vida, su carácter torturado y apasionado, su necesidad infinita de saber y trascender y su entrega a la locura nos hacen amarlo por él, por Marlowe, por la persona (personaje) que sigue ahí cuando el telón ha caído. 
La interpretación de Jamie Campbell Bower, la mejor de lejos de su carrera, nos recuerda a las estrellas de vida desmesurada del punk y del rock, a los 70, a Londres. Y, si conocéis al actor como lo hago yo, todo encaja. El viaje de Marlowe a lo largo de los diez capítulos de esta primera temporada es tan adictivo como histérico, y cuando creemos que por fin rebasa el límite de lo creíble nos demuestra que no, que siempre hay más capas; que llegar al fondo, al esqueleto, es muy difícil. Como si el propio Marlowe fuera un personaje de Shakespeare. Un Fausto shakespeariano.

No quiero engañaros: es una serie adolescente, fácil, romántica y dinámica. No tiene la grandilocuencia de mis palabras (no la necesita). Pero nos lleva a Londres, nos lleva a Kyd, nos lleva a Fausto y a Ricardo III. Y, en esa visión tan unitaria de las generaciones, de los mismos espacios en momentos diferentes, es honesta. Y honestidad es lo que le pido a cualquier obra de ficción que pretenda instalarse por un período largo en mi vida.

Y así visto mi desnuda villanía y parezco un santo cuando más hago de Diablo.

Siete años menos y felicidad/conmoción visitando la casa natal del Bardo.

No lo he mencionado porque la pasión me ha llevado por otros derroteros, pero Ewen Bremner y Lukas Rolfe realizan un trabajo soberbio a lo largo de toda la temporada. Y, más allá de Marlowe (y Will), mis personajes favoritos son Richard, Kemp y Moll.

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